Sentadita en la banqueta, acomoda su mochila cargada de lienzos, pinceles y pinturas. Se dispone, con cuaderno en mano, a escribir una reseña de todo lo que observa. Frente a sus ojos en medio de un mal formado círculo de personas, aquel hombre con el rostro maquillado en blanco y sombrerito chistoso; agita las manos y habla a través de sus guantes percudidos de polvo.
Es un momento especial para observar el entorno, el suave vientecillo refresca la tarde y por momentos tumba al suelo el sombrero de ese mimo que entretiene las horas del día a punto de dormir.
Expresiones diversas se asoman inconscientes en las caras de los espectadores. Ríen o fruncen el ceño, y les brotan sin querer el estado de los sentimientos que llevan dentro. Ella intenta anotar lo que con asombro descubre en la multitud.
Y se pregunta entonces, cómo es que aquel hombre regala tanto arte callejero y algunos no lo notan. Había que verle los finos movimientos que decían más en su callado silencio, que si hubiesen escuchado el timbre de su voz contando una historia.
Entonces las palomas volando entre los nichos de la cantera externa de la iglesia, vuelan sin temor hacia él y como artistas de escena le saludan mientras él las alimenta.
Rostros morenos, blancos y amarillos; ojos negros, verde azulados y rasgados. Aquí se encuentran con aparentes diferencias en idiomas y costumbres, pero entendiendo todos el lenguaje de aquel hombre tan joven que hace mucho más que escarbar una sonrisa en los labios.
Entonces, mientras algunos miran aquellas manos moverse simulando tocar una pared, ella lo mira a los ojos y ve mucho más de lo que él quisiera ser descubierto. ¿Se habrá ocultado bajo dicho disfraz porque encontró que el mundo no le escuchaba la voz? Puede ser, a ella misma nadie quiere escucharla y sus lienzos y artículos semanales, en periódico local es lo más fuerte que puede gritar.
Entonces siente empatía y complicidad con ese hombre al que repentinamente siente conocer. Él se perturba con su mirada y el nerviosismo le hace improvisar ante su público que espera reír una vez más. Se quita entonces el sombrero y pasa por entre ellos esperando algunas monedas.
Ella se va moviéndose de sitio, esperando ser la última en colocar algo más que una pieza de metal. Cuando él se le aproxima lo mira con mucha más profundidad e inevitablemente, espera para poder escucharle la voz. Entonces llega el tan esperado: "Gracias". Ella toma el pretexto y le pregunta cómo se llama. Siente que una corriente eléctrica le recorre el cuerpo cuando aquellos enormes ojos negros, debajo de las pobladas cejas, le mencionan el nombre que enseguida olvida, pues la voz superó sus expectativas.
Cada uno vuelve a lo suyo y ambos, toman del piso sus mochilas. Caminan por rumbos opuestos y se llevan cierta nostalgia. Esperan encontrarse de nuevo algún día. Uno habla con las manos y la otra a través de un papel. Son tan parecidos y no se han dado cuenta. Tal vez mañana, el impulso sea más intenso y vuelvan entonces por el mismo camino decidiendo que se hablen en sus propios silencios.
Tere García Ahued.
Mi, 23 de mayo de 2007